El desayuno japonés

La Dra. Irma V algún día fue joven, y por allá por los años 70 (época sin wifi, ni anime), se fue financiada por la JICA (Agencia Japonesa de Cooperación Internacional) a una pasantía en la ciudad de Sapporo, ubicada en la isla norte de Japón, Hokkaido. Su tarea era aprender acerca de la reproducción de los salmones, cosa que los japoneses conocían de memoria, asistiendo y colaborando en la piscicultura más grande de la isla, ubicada aguas arriba del río Ishikari.

Durante su primera noche no pudo dormir a pesar del cansancio. Nadie hablaba inglés en el lugar y tuvo que llegar a punta de señas y balbuceos hasta su temporal residencia en un tradicional hotel japonés cercano a la planta, situación que la hacía sentir ansiosa y solitaria a la vez. A la mañana siguiente, ya más calmada, notó que le habían dejado un desayuno en su pieza, detallito que seguramente debería costear aparte. Curiosa y hambrienta se acercó a la mesa, tomó los palillos y miró cada vez más extrañada el supuesto desayuno: un tazón de arroz (bien), un tazón de sopa hirviendo (ok), sardina cruda (¿de verdad?), unas láminas de color negro (¿esto se come?) y un pálido huevo crudo (esto debe ser una broma). La joven Irma mira a un lado y al otro, y estaba completamente sola, “¿qué es esto?”. Revisa la habitación y no había ni cocina ni nada. “¿Qué diablos hago con el huevo crudo?” Vio la hora, se comió el tazón de arroz, se tomó la sopa, y se fue rauda a su primer día en la salmonera.

Luego de la presentación protocolar, Irma notó ser la única mujer en la salmonera, y contrario a lo esperado, no la trataban con ninguna consideración, de hecho, sentía que la trataban aún peor por ser mujer, trabajando todo el día en agua casi congelada mientras sus colegas la miraban sin ganas de querer colaborar. Para la hora de almuerzo, Irma se acercó a un local de soba (sopa o ramen), y escuchó varios metros antes de llegar un inconfundible y fuerte sonido de sorbeteo. Sin saber qué esperar, entró y vio como cada contertulio chupaba la pasta con orgullo y desplante, transformando al restaurante en un animado coro de japoneses hambrientos que volvía incómoda la hora de la merienda. Almorzó, volvió a la planta, trabajó arduo hasta que dieron las siete, y al final del día se acostó en su solitaria habitación sin poder creer donde se había metido.

El invierno a tales latitudes es duro, por lo que Irma se encontró semana tras semana con una fría ciudad, quedando poco a poco atrapada en la soledad del idioma, lo solemne de la nieve, y el respetuoso silencio de cada uno de los rincones de la ciudad. Sapporo transformó a la ansiosa chilena en una dedicada observadora.

Con el tiempo, Irma aprendió de sus colegas cómo ellos comprendían su entorno por medio de la paciente investigación, desarrollando técnicas de cultivo que respetasen la naturaleza y los salmones. De la gastronomía japonesa, Irma disfrutó que cada restaurante tuviera figuras de cerámica de sus almuerzos, pudiendo seleccionar su plato sin tener que hablar el idioma, aunque por falta de recursos, para la hora de almuerzo debió conformarse a diario con “curi rice” o como dirían en Chile, arroz con curry. Sin duda, lo que más le incomodó era el trato a la mujer. La escena más icónica de este problema era ver como las esposas debían caminar siempre detrás de sus maridos, cargando las bolsas de las compras mientras ellos disfrutaban indiferentes del paisaje. A pesar del contexto, Irma logró convivir varias semanas en paz con una silenciosa y tradicional sociedad, siendo el huevo crudo que dejaba cada mañana sobre la mesa el principal recordatorio de su condición de extranjera.

Un día, ya envalentonada por la larga estadía, preguntó a una de las niñas del aseo cómo había de comerse el desayuno. Pues bien, las láminas de color negro son nori, un alga comestible, en ella envuelves la sardina cruda junto con el arroz, y te lo comes a bocados mientras te tomas la sopa “¿Y qué hago con el huevo crudo?” lo hechas a la sopa y se cose con el agua caliente, “Aaaaaaaaaah”.

Con el misterio resuelto, Irma pudo desayunar en paz, y para ahorrar un poco de dinero, se compró un hervidor, té y galletas de agua, reemplazando el tradicional desayuno japonés por un simple bocado americano. Con lo ahorrado, se trajo a Chile un tocadiscos marca Sony, pero las melodías que quedaron en su cabeza no necesitaban vinilo: El tranquilo sonido del río Ishikari, y el sorbeteo de la soba.

 

 

Agradecimientos a la profesora Irma por compartir su historia y a Amanda por sus hermosas ilustraciones e imaginación.

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